lunes, 10 de octubre de 2011

@

Algo me conmueve,
me embeleza y me separa.
Esa @ entre mi nombre y el universo.
Ese lugar en donde soy uno
y soy de todos.
Yacer no ha sido la mejor opción de valentía.
Este sueño solo se sueña despierto
y maniatado a la virtualidad de la imagen.
Por ahí se fueron las caricias en un sms
O por allá, por el teclado.
Siento esa vaga sensación de haber dejado
el mundo a medio terminar.

En bocas que no ríen.

En risas que callan su fulgor
y sólo hacen muecas digitales.

sábado, 8 de octubre de 2011

trazando puentes

No sé si alguna vez alguien escribirá mi historia. Sólo soy un nombre más. No sé si mañana vendrá por mí la desidia o el amor. Sólo entiendo el devenir por el pasado. No sé si seré exitoso o fracasado. Mido la vida en términos de bienestar. No sé si algún día volverás. Siempre llego al lugar del que no me fuí. No sé si el fruto es mejor que la flor. Sólo admiro ambas cosas. No sé si veré aquella luna otra vez. Siempre busco volver a verla. No sé si voy a quererme bien. Trato de no maltratarme. No sé si soy inteligente. Siempre me supe aprendiz. No sé si soy limpio. Bañarse no implica limpiarse. No sé si soy prejuicioso. Sólo juzgo las actitudes. No sé andar por el camino correcto. Sólo he recorrido algunos inciertos y otros verdaderos. No sé escuchar a mi corazón. Interpreto mejor sus silencios. No sé si mi alma se irá al cielo o al infierno. Me gustaría que se quedara más cerquita. No sé alcanzar metas. Disfruto más del paseo hacia ellas. No sé si voy a reencarnar. Prefiero encarnar lo mejor de mí. No sé jugarme la vida. Creo que la vida es un juego. No sé mentir para ganar. Tal vez pierda de verdad. No sé si soy gracioso. Suelo agradecer. No sé si creo en el amor a primera vista. Amo con todos los sentidos ciegamente. No sé si las personas cambian. Sé que todo cambia a las personas. No sé si soy lindo. Me miro al espejo esperando ver eso. No sé quedarme quieto. Me muevo para estar tranquilo. No sé si tengo fortuna. Me siento afortunado. No sé si lo que hacen todos está bien. Creo que es mejor lo que hacen algunos pocos. No sé si estaré bien mañana. Hoy sólo estoy trazando puentes.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El limosnero

En una esquina apagada de San Telmo estaba ahí. Entre los diarios como frazadas y el frío polar que lo acurrucaba inmóvil. Sus harapos olían a desgracias y sus gatos hacían a la noche maullar. El limosnero caminaba lenta las vacías lunas llenas y últimamente estaba agobiado. Tanto olvido no se olvidaba en las madrugadas. Tanto tránsito de gritos citadinos lo tumbaban. Tanto aroma a tinto en el empedrado lo tumbaban. Tantas charlas que se escuchaban desde su cabeza lo tumbaban. Le daban tumba. Un non-santo sepulcro. Lo ví levantarse. Ayudar a sus gatos como si fueran hijos del destino. Respirar profundo el aire viciado y triste. Inclinarse en cuclillas y esperar mi paso. Amagué a cruzar de vereda pero seguí. Con la mirada que asomaba del gabán, atento a sus movimientos, llegué a su lado. Me encontré breve y desconfiado. Sus gatos me rodearon como en un ritual de bienvenida y me detuve. Mientras hurgaba en mis bolsillos un trocado para dar. El limosnero me miró lejano. Meneaba la cabeza negando. Alzó sus manos como pidiendo y me dijo.

--Recibí ésta luz y la quiero dar, pero nadie me cree porque siempre pido--

Entonces, heló mi sangre la paradoja de la sugestión. Nadie supo a donde se guardaron mis sombras. Ni yo lo supe. Solo advertí que al irme, ese rincón quedó iluminado.

jueves, 15 de septiembre de 2011

bar

Llegó empapado a pesar del apuro. Esa absurda acción de correr para mojarse menos que no logra nunca su cometido. La tormenta azotaba vientos de agua y no daba tregua a los paraguas ni a los reparos. Llegó sacudiéndose y bufando quejas pues sólo se secaría desvistiéndose. Bendijo al barman que sin hablar le acercó un cognac y un servilletero de papel. Sacaba las servilletas como quien cuenta dinero en el banco y quedaban en bollitos empapados sobre la barra. El sitio olía la humedad de los muebles y de los espejos biselados de los años en que todo era antiguo. Se sentó en la barra mientras alguna fritura fuera del horario de cena se había quedado un tiempito más en el ambiente para recordar que ahí también se comía algo de vez en cuando. Se acomodó algo incómodo en una banqueta rodeando la copa con ambas manos mientras a través del largo espejo de enfrente miraba a los pocos que estaban allí. Entraba la madrugada en las caras y el bar recibía a los noctámbulos de siempre. Para hablar de la vida sin hacer casi nada más ni menos que eso. Las miradas en diagonal descifraban códigos de aceptación y rechazo. Lo aceptaba la mujer envuelta de rojo carmín tan roja como su boca y jeans tan oscuros como el olvido. Lo aceptaba un viejo cliente que por cada sorbo le asentía mientras su barbilla se mojaba en el enésimo trago por enésima vez. Lo aceptaba el barman con cara de no pagar sus facturas al fisco y su piel verde del oficio que le daba la noche. Lo aceptaba la parejita que jugaba al pool en el fondo que entre besos y besos fundían sus bocas en endorfinas mientras exprimían a la fonola con algo lento de metálica. No había nadie más. Todos lo aceptaban. Estaba como en su casa. El bar era una casa de amigos desconocidos. Le convidaron a secarse en silencio sus ropas. Le invitaron a quedarse un rato más ahí compartiendo el espacio. A pesar de estar frente a sus ojos no supo quien lo rechazaba pues el único que lo hacía era el rostro insomne frente al espejo cada vez que se miraba.

lunes, 25 de julio de 2011

una vez más

te agradezco la oportunidad
de alcanzarte verdad
entre otras cosas verdaderas
de traer el alma envuelta
para volver a usar
de acariciar tu coraje
pancita
para volver a andar
de solear días nublados
para volver a creer.

una vez más que no es otra vez más.
una nueva vida que es una vida nueva.

miércoles, 18 de mayo de 2011

quien

quien se acerca
quien me inventa
quien se vive
quien me da
quien resuelve
quien me ayuda
quien se queda
quien me arropa
quien me quiere,
me quiere por quien soy.

martes, 17 de mayo de 2011

que

que vuelo bajo porque es mejor que caminar.
que desangro con el mundo que se vive matando mundos.
que degollan ángeles con el filo de un papel.
que amo despertandome y me despierto al amarte.
que mañana es un hoy en oportunidad de ser
que se aprende equivocando y que me contradigo por andar.
y que...
que tengo la posibilidad de dar
y seguiré dando.

lunes, 16 de mayo de 2011

cuando

Me reconocí por primera vez cuando dí.
cuando me fuí detrás de tus jeans
y no me devolviste la mirada.
cuando estuve lejos estando cerca.
cuando creí que todo es mejor si es bueno.
y cuando el futuro sea hoy.
y cuando el tiempo sea recuerdos,
te animo a que sigas a mi lado haciendo más.

martes, 10 de mayo de 2011

cómo

cómo te abrazaron las palabras.
cómo la brisa se adueñó de tu piel
cómo pasa el tiempo sin pasar cuando te pienso
cómo hago para ser a tu lado sin dejar de ser

contame cómo soy después de haberte leído.

domingo, 3 de abril de 2011

21.doc

Corrían los años como nubes. A veces, el tiempo acompasaba las horas y a veces sólo las marcaba en su reloj pulsera. Un legado de su madre. Uno de tantos. En los pisos brillaba la mugre que con el estanco se convertía grasosa. Entonces, al reflejo sutil de las celosías parecía encerado. Algo más que parecía lo que no era. Entre el oscuro cuarto, justo entre el pasado y su cama, Ladio meditaba sus recuerdos más alegres. Su niñez de juegos, sus amigos que le habían olvidado, su pequeño universo construído en el terreno de la ruina. Sus sueños más básicos, sus pasiones más pasionales. La cuadra festejaba el corso afuera. El ruido ni le llamaba la atención, ni lo dispersaba de su recorrido. Ni hacía mella en su ruido interno. Ladio hacía años que estaba postrado. Hacía tiempo que no se levantaba de ese colchón que sabía a humedad y colonias baratas. Su piel ya había padecido el escaldado. Aún tenía el corazón bravío y la piel curtida. Aún tenía más que eso. Aún tenía el deseo por una mujer.

Era su cumpleaños. 21 de febrero. No sabía a ciencia cierta si había nacido antes o después de las doce. Si la certeza que unos años más tarde precipitó sus días. Aquél maldito acelerador se había llevado sus piernas. Tenía 21. Y ya le sonaba ese número como kármico, ya que también su madre lo había parido con esa edad. Ladio rondaba los cuarenta. Su pasatiempo eran los rompecabezas. Aunque a decir verdad, Dana, su enfermera, solía esconderle algunas piezas para que las buscara en la habitación. Ella era dulce, paciente y mugrienta. Pasaba días sin bañarse. En Sarandí, siempre faltaba el agua y parecía haberse acostumbrado a eso. Ladio nunca fantaseó con ella. Ni aquellas tardes de verano en donde la ropa pesaba y los escotes incitaban. Era una relación fraternal. Sin padre, sin madre, y con un hermano que viajaba para olvidarse en el alcohol, Dana era su compañera. Leal y estoica. Pero no le movía ni un pelo. Si su hermana, que de vez en cuando le cuidaba. En varias ocasiones se había excitado en sueños despiertos y de los otros. Sobretodo cuando le pasaba una esponjita por el pubis para lavarle el hedor. Ladio tenía una obsesión por el 21. Eran los minutos que miraba la televisión por día. Entonces se programaba para ver el final de los programas descifrando la trama inicial. Jugaba con 21 cartas, sólo los juegos que se podían jugar, y hasta se sabía un truco de magia. Tenía 21 apilados libros en su cómoda y a las 21 horas de cada noche los recontaba, junto a sus 21 monedas de 10 centavos.

--Acá te dejo los dos pesos con diez--- le decía Dana quien le reponía las moneditas porque a veces le faltaban para los viajes en colectivo.

-- Las 21 de diez centavos.—le corregía.

Aquél verano atroz de humedad lasciva condenaba. Dana le había preparado una torta de chocolinas con dulce de leche y mendicrim. Su favorita. Y al ritmo de las comparsas de carnaval, a las 21 horas luego de revisar la biblioteca, soplaría las velitas pidiendo un deseo. Ladio sabía que pedir. Ya lo sabía. Para quien convive con la vergüenza de estar apartado de todo, nada resulta vergonzoso. El se quería así. Se levantaba con el ánimo de un bebé en el medio del fango. Ella admiraba esa entereza que salía de quien sabe lo que padece. Ese día intuía algo.

Llegó la hora señalada por su obsesiva compulsión. Dana y su hermana se acercaron con lo dulce a su cama cantándole el cumple en francés como solía hacerlo su madre.

--Pedí un deseo antes Ladio--- dijo Dana

---Si con fuerza así se cumple…---le acotó la hermana.

Ladio exhaló el deseo con la fuerza de cien vientos, alzando la mirada hacia ellas con una leve mueca.

---Espero que se me cumpla, voy a morir de pena sino se cumple…--- dijo cayendo la mirada en el escote de la hermana.

--- Bueno…comamos--- cortó Dana el lenguaje no verbal.

El deseo era estar con su hermana. Dana lo sabía. Desde siempre lo supo. No sentía pena por eso y creía que hasta podría ser el regalo para él. Su hermana estaba engarzada. Era menor que él pero sentía curiosidad. Después de la torta, Dana se excusó y salió. Su hermana se sentó a la vera de la cama a leerle unos poemas de Bolaños. Ladio la miraba perdido. Se acercó sigiloso. Le tomó la mano suavemente y le besó fuerte. Era el momento exacto. El regalo anhelado. Las rosas que no espinan. El perfume del encanto. El sabor del chocolate en las bocas que se deseaban. Se sumaron en el revuelco del sueño que se vive, revolcándose. Sonaban las murgas. Ardía la luna anaranjada. Todo fue exacto.

Ella se hizo su regalo. Ella tenía 21 años.