
"A canto de sirenas oídos de pescadores".
(anónimo)
Al llegar el amanecer dormía. El sereno estaba acostumbrado al cantar de los venteveos madrugadores y al olor a pan recién horneado. En su casa tenía atrapa-sueños y llamadores de viento. Una hamaca paraguaya y una mesita con libros que se dejaban de leer al dormir. Disfrutaba de los amaneceres en una siesta de sueños y deseos. Escaleras abajo la calle se iluminaba de colores. Le velaba el sueño. Corrían los tiempos en otros relojes. En vigilia, casi dormitando, me confió éste relato.
“En su casa las cosas no iban bien. Su madre trabajaba en doble turno y perecía frente al televisor encendido cada noche. El solía escaparse por la ventana y explorar la noche procurando hallar el desvelo de las estrellas. Buscando aventuras. Algunas veces me acompañaba a encender las luces del faro. Disfrutaba de su compañía. Le contaba historias de bucaneros y tesoros. Eso le mantenía en vilo muchas veces. Un día me vió escuchando a la sirena verde. Ella era hermosa. Venía desde las costas de Fiji. Sus abuelas habían querido engañar a Ulises. A un deslumbrado Colón en la Florida y a un encallado Smith en las costas Maleguetas. Ella era el verbo del deseo. La versión del encanto. Narcisa por naturaleza. Luego de sus andanzas por la noche del mar, entradas las madrugadas de luna llena, la diva se recostaba en la playa y cantaba. Recordaba ser estrella. Esas noches yo hacía de su público. A decir verdad, no quería que los marinos escucharan su canto embriagador y chocaran con el risco. Además, Ambos disfrutábamos la velada. Era mi música funcional con la orquesta de olas de fondo. Clareaba su imagen y la luz de luna platinaba en sus escamas. Algunas veces, le alumbraba con la del faro y sentía ser la solista en un escenario de rocas y caracolas. El niño asistió a la fiesta. Estaba ido. Sonámbulo. Caminó hasta la playa para contemplarla. Recién la conocía. Poco tardó en no olvidarla jamás. Sobre todo por la neumonía que pescó cuando quiso irse detrás de ella entre las olas de un mar cómplice que se veía calmo…”
“En su casa las cosas no iban bien. Su madre trabajaba en doble turno y perecía frente al televisor encendido cada noche. El solía escaparse por la ventana y explorar la noche procurando hallar el desvelo de las estrellas. Buscando aventuras. Algunas veces me acompañaba a encender las luces del faro. Disfrutaba de su compañía. Le contaba historias de bucaneros y tesoros. Eso le mantenía en vilo muchas veces. Un día me vió escuchando a la sirena verde. Ella era hermosa. Venía desde las costas de Fiji. Sus abuelas habían querido engañar a Ulises. A un deslumbrado Colón en la Florida y a un encallado Smith en las costas Maleguetas. Ella era el verbo del deseo. La versión del encanto. Narcisa por naturaleza. Luego de sus andanzas por la noche del mar, entradas las madrugadas de luna llena, la diva se recostaba en la playa y cantaba. Recordaba ser estrella. Esas noches yo hacía de su público. A decir verdad, no quería que los marinos escucharan su canto embriagador y chocaran con el risco. Además, Ambos disfrutábamos la velada. Era mi música funcional con la orquesta de olas de fondo. Clareaba su imagen y la luz de luna platinaba en sus escamas. Algunas veces, le alumbraba con la del faro y sentía ser la solista en un escenario de rocas y caracolas. El niño asistió a la fiesta. Estaba ido. Sonámbulo. Caminó hasta la playa para contemplarla. Recién la conocía. Poco tardó en no olvidarla jamás. Sobre todo por la neumonía que pescó cuando quiso irse detrás de ella entre las olas de un mar cómplice que se veía calmo…”
.