Mostrando las entradas con la etiqueta " Ninguna teta sabe igual" Javier Bardém de Jamón Jamón.. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta " Ninguna teta sabe igual" Javier Bardém de Jamón Jamón.. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de marzo de 2009

La sirena

Entonces soñé. Sobre una costa escarpada divisé una barcaza al garete. Las velas izadas al viento del este le trazaban un rumbo desigual. El viento me hacía llorar los ojos y me ladeaba para no sentirlo tan de frente, y a la vez, no dejar de mirar. Me sentí expósito de afecto. Ví perderse la tarde entre la línea del horizonte y el poniente. Creí haber buscado cómo cambiar de sitio. Quería montar esa nave que tenía espejos por todos lados. Quería saber como navegarla. Quería conversar con las cañas agolpadas en la popa, como estiletes, que eran como dulces para tentar a Poseidón. Se acercaba a la costa con las últimas luces de la tarde y se mofaba del vaivén del oceáno. Me atreví a caminar el risco. Quien camina oscuridades suele encontrar luces. Me animé. A pesar de la bravura de las olas, a pesar de la penumbra. Ese acantilado fue el límite natural, no el agua, no las olas, no el viento, no lo que sentía. Porque me decía que no pensando en un sí, mientras alguien despotricaba desde la barcaza. Se quejaba de la magra pesca e invocaba a toda su familia no querida. Era una hermosa sirena venida a mujer. Estaba cerca, muy íntimamente cerca. Hablaba sin reparos de la mala elección de la carnada escogida, y que sólo sacaba burriquetas y bagres. Creía que sus redes no eran efectivas. Había tenido suerte en sus mocedades, pues cautivaba con sus cantos a los peces que, encantados, acudían al llamado. Ahora, gritaba que no le serviría lo pescado para comer y para dar de comer a su comarca. Atiné a hacerle señas, sin darme cuenta le había hecho señas desde siempre. Tan solo tenía que pensar como pez y al intentarlo su faena cambiaría. Al mirarme, no me vió. Giró la cabeza hacia abajo, como fundiéndose entre las cañas, y me ignoró. Sabía que era lo que la contendría. Lo que la completaría de gozo. Lo que le dejaría una eterna sonrisa instalada. Supe su decisión de no compartir ese mar conmigo. Me desencantó. Me senté en la cornisa a desafiar el viento y el vértigo de la altura. La ví partir junto a la luna entre lo salado y lo dulce. Al despertar, cayó el cuento leído de Luisa Axpe…
“Si señor, las cañas hacían ruido. Eran como unos crujidos de madera, o como cuando se quema la maleza verde, vio esos tallos gordos llenos de agua que parecen que explotan todos a la vez….”
Mi sueño detonó al despertar en otro universo.