
"Hay una locura, hija de la desesperación, a la que todo debe excusarse."
Honoré de balzac.
Su vida crepuscular le marcaba la palidez y las ojeras. El mar marcaba las olas en sus arrugas. El sereno de los faros contaba historias. Contando vivía. Tanto tiempo había pasado que ni sabía desde cuando hacía que contaba. Su oficio solitario de mala paga se compensaba con la sonrisa abierta de los navegantes que llegaban al puerto. Era conocido en el bar. No bebía antes de encender los faros. Tan sólo una copita antes del alba para dormir con sueños. Solía relatar historias inverosímiles sentado cerca de un arpón del siglo XII y debajo de un mástil del “Sirena verde”. Alrededor, como en un fogón sin fuego, se reunían a escucharle. Era de hablar bajito y cansino y así adentraba a las almas bebedas los relatos fantásticos del mar. Cierta dejadez le emigraba del mundo. Cierta mirada le aclaraba horizontes. Así, alguna madrugada escuché de sus sueños éste relato.
“La ballena angustiada era mi amiga. Ella ya no comulgaba con sus pares, no había vuelto a enamorarse y le escuchaba su pena cuando llegaba octubre. Se instalaba entre la rompiente y los riscos acercándose a la costa lo máximo posible. Ahí, relinchaba el agua y el aire por sus narinas y espantaba a los albatros que carroneaban a la vera de la costa. Sutiles y misteriosas eran sus sumergidas. Duraban poco cuando le hablaba a través de las luces del faro. Teníamos un código. Una luz intermitente era el llamado para charlar. Dos luces, que la observaba. Entonces, al recibir la señal, hacía un circo de piruetas para el asombro. Le aplaudía luego de un ratito y saludaba con su aleta golpeando el agua. Ella sabía de mi soledad, y yo de su pena. Hablando nunca estuvimos solos. Nos curábamos hablando. Contándonos secretos. Así con sus lamentos me confió su amor perdido. Una mañana de primavera junto a su compañero les había sorprendido la avaricia de un barco ballenero. Entonces lo perdió. Como se pierde un tesoro. Debajo de la piel y con arena en el paladar. Ella volvía siempre al sitio del crimen cuando llegaba el frío. Lo hacía, para sentir el enojo y calentarse recordándolo. Me contaba que soltar la bronca le reparaba y la sal del mar se encargaba de cicatrizarle las heridas. Eso me contó con sus sonidos. Agudos como la agonía de estar casi sola. Casi, porque era yo su único amigo...”
“La ballena angustiada era mi amiga. Ella ya no comulgaba con sus pares, no había vuelto a enamorarse y le escuchaba su pena cuando llegaba octubre. Se instalaba entre la rompiente y los riscos acercándose a la costa lo máximo posible. Ahí, relinchaba el agua y el aire por sus narinas y espantaba a los albatros que carroneaban a la vera de la costa. Sutiles y misteriosas eran sus sumergidas. Duraban poco cuando le hablaba a través de las luces del faro. Teníamos un código. Una luz intermitente era el llamado para charlar. Dos luces, que la observaba. Entonces, al recibir la señal, hacía un circo de piruetas para el asombro. Le aplaudía luego de un ratito y saludaba con su aleta golpeando el agua. Ella sabía de mi soledad, y yo de su pena. Hablando nunca estuvimos solos. Nos curábamos hablando. Contándonos secretos. Así con sus lamentos me confió su amor perdido. Una mañana de primavera junto a su compañero les había sorprendido la avaricia de un barco ballenero. Entonces lo perdió. Como se pierde un tesoro. Debajo de la piel y con arena en el paladar. Ella volvía siempre al sitio del crimen cuando llegaba el frío. Lo hacía, para sentir el enojo y calentarse recordándolo. Me contaba que soltar la bronca le reparaba y la sal del mar se encargaba de cicatrizarle las heridas. Eso me contó con sus sonidos. Agudos como la agonía de estar casi sola. Casi, porque era yo su único amigo...”