jueves, 3 de noviembre de 2011

El dueño de los mares

La vida transcurría entre los sueños. Todo era asombro. Todo era juego. Llegámos luego de una tormenta de rutinas al lugar deseado y al otro día nos juntábamos a reconstruir las bitácoras. El barco era el lugar donde proliferaban nuestras ansias de aventura. Allí, entre tablones de construcción y barro nos ensuciábamos las ropas para estar sanos. Allí se curaban las penitas y éramos todos iguales y distintos. No había berrinches ni play-station. Algún que otro modelo de héroe nos inspiraba a sentirnos más libres. Lo erámos verdaderamente. Con cajones de manzanas y arpillera tendíamos las velas y los palos mayores al garete. En la proa siempre la sensación de que la nave funcionaba. Siempre había un norte. Divertirnos. Aprender. Era nuestro galeón. Le llamábamos “ El dueño de los mares”. Tal vez, eso queríamos ser en una suerte de transferencia sicológica. Teníamos disfraces hechos a imaginación, patas de palo, espadas de madera como sables y un capitán. Para no entrar en discusiones, el capitán era elegido por semana, Así, la nave siempre cambiaba de rumbos constantemente. Recuerdo los acuerdos. Tuvimos capitanes guerreros que querían pelear hasta con los adoquines. Capitanes benévolos que liberaban prisioneros o los incorporaban a la tripulación. Capitanes holgazanes que se sentaban y pedían golosinas y bebidas. Capitanes piratas que debatían sus decisiones con todos y otros que hacían lo primero que se les ocurría sin concenso. Cierta vez tuvimos una capitana que nos hizo limpiar todo el barco y decorarlo con guirnaldas. A la semana siguiente la primera orden del capitán fue sacarlas y ensuciar el barco. A todos se les respetaba la jerarquía. Era lo establecido del juego para acompañar las formas de crecer de cada uno. Cediendo y concediendo. Nadie cuestionaba si estaba bien o mal. Importaba la estructura del juego para seguir jugándolo. Tolerancia. Flexibilidad. Impacto. Fe.
Que distintos se han venido los años luego de aquellos años donde todo se sanaba jugando en un mar imaginario y qué nuevo desafío es hacer navegar a “El dueño de los mares” tan lejos del verdadero mar.


A Guillermo Vezzaro, amigo fiel desde la infancia y para siempre.

1 comentario:

  1. reflejaste mi niñez en un barco de papel donde salen tus palabras y afloran mis recuerdos... que buen relato.

    saludos!

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