martes, 7 de abril de 2009

La inspiración

Tenía una melodía rondando mi cabeza. Una bossa. Alguna vez viví y morí en Salvador de Bahía. Tuve a Mordomía, un amor más que un bar. Un cielo claro y húmedo en mis poros. Media docena de amigos del corazón y un improbable amor dándome vueltas. No existe una mecánica de composición. Quien compone lo sabe. La música no acompaña la letra ni viceversa. Debe darse el mensaje como un todo. Entonces, no encontraba que decir para aquella melodía. Esperé junto a ella. La guardé. Años pasamos juntos. Siempre latente. Siempre postergada. Hice intentos en vano por no dejarla tuerta. No encontraba esa musa que acompañara la combinación de sonidos. Cada letra propuesta no era para ella. A veces me enojaba la situación de no poder satisfacerla. Estaba enamorado de ella. Tiempo más tarde, el destino me encontró en otro campo de batalla. Trabajaba mucho en tiempo y cansancio. Eran años de servicios. Había un florecimiento de eso. Como todo a algunos le fue bien y a otros mal. Ciclos. Me aposté con mi planilla de solicitudes en un Supermercado a llenarme de negocios. Hacía una veintena de operaciones por día y facturaba miles. Premios, comisiones, referidos y referentes. Conocí a una morena que vino por los servicios ofrecidos. Rosa Blanca Amarilla era su nombre. Pensé que se trataba de un chiste. Pero era cierto. Se parecía a aquél amor que me daba vueltas en Brasil. Habían pasado casi diez años. La melodía comenzó a sonarme apenas la ví. Quedé petrificado. No estaba embelezado. Simplemente reconocí la letra. Terminé la operación y comencé a escribir la letra de la canción. Duró segundos el proceso. Fue exacto. Tal como la había escuchado en mi cabeza todos esos años. Le llamé “Assim” que en portugués es; así. Nombro a la rosa blanca amarilla negra. Nombro lo que me costó. El recupero de la musa. Mis amigos no me creían. Suele pasarme. Hace poco nos reunimos en la casa de una diva del tango y el folclore. Escucharla es un placer artístico. Me ofreció tocar algo. Toqué “Assim” y así toqué su corazón. Ella conocía a Rosa Blanca Amarilla. Había estado en su casamiento. Un tal Rojo de apellido era el agraciado y hacía unos días atrás había tenido una hija. Violeta. Un arco iris de familia. Coincidencia de colores. Somos seres gregarios. Buscamos nuestros colores. Y lo más paradójico, es que nunca supo ni creo que sepa que le dedique una canción.
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1 comentario:

  1. A las musas les gusta enredar... es lo que tienen. Aunque ellos tengan todos los colores, te dejo abrazotes de cielo azul : )

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