domingo, 9 de mayo de 2010

El miedo

Creo que está definido que ser lo que uno quiera ser no es una carrera, es un destino. Vivimos en un mundo donde las vocaciones terminan agobiando. Lo que servía en un tiempo no lo es en otro. La rutina agobia. Cambiamos el rumbo para generar algo distinto. El devenir no se puede cuantificar pero si calificar. Queremos que sea la mejor vida la vida vivida. La rutina repite, juzga, discrimina, clasifica, condena, introduce conceptos de rebaño. Tal vez, esto debería decirlo de otro modo. El coraje genera valor. El valor genera una nueva codificación. Por secuencia de silogismo, se llega al nuevo código a través del coraje. La consigna siempre es la autorrealización pero el que no arriesga no gana. No hay apuesta segura, porque nada es seguro. Ni lo seguro. Toda afirmación tiene una excepción, claro.
En éste caso sería que seguro es lo que uno lleva de sí mismo. A pesar de que el miedo corroe el deseo y crea un espejismo ordenado.
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Tuvo miedo. Guardó los sueños en el cajón por un ratito indefinido. Alguna vez se lo halló culpable de vivir soñando. Alquiló mujeres luego de perecer en los abrazos partidos. La parábola eterna del amor. Miedo. Crispado en recuerdos de quien nunca quiso ser. Carlos corrió hasta el ascensor por el pasillo oscuro pero bajó por la escalera. Bajaba las escaleras con el hilo de Ariadna a sus espaldas. El eco retumbaba sus pasos. Séptimo piso. Golpeaban otras puertas otras vivencias. Llanto de niños, su llanto. Sexto piso. El portero había baldeado con lavandinas el suelo. Olía una ácida pulcritud. Se aceleraba junto al respirar. Quinto piso. El timer de la luz dejo de contar. Se hizo noche. Se afianzó en los bordes de la baranda lazarilla con sus ciegos pasitos. Cuarto piso. Eludió las preguntas de vecinas que percibían el tema de la semana. Mientras callaban al verlo, se reiniciaban en su charla bajando el tono de la voz. Tercer piso. Alguien había fritado el almuerzo. Recordó las torrejas de su abuela. Segundo piso. A dos pasos de la salida. Paró. Se posó en el marco del descanso. Bostezó su dolor de cabeza. Se miró a través de un tragaluz . Respiró profundamente. Primer piso. La escalera comenzó a iluminarse por los vidrios del palier. Se cortó el timer nuevamente (el conteo de su nueva-mente). Planta baja. Llegó casi corriendo al espejo. Se miró fijamente. No se vió. Reconoció que otros nombres vivían en él. Tuvo miedo.
Llegó al subsuelo y no quiso salir de ahí hasta que regresara ella sin el miedo.

5 comentarios:

  1. Es verdad el miedo paraliza y es bueno para nada,aunque a veces nos pone a salvo.Hacía tiempo que no escribia en Peregrino de Sabiduria,es que hay tanto por hacer todos los dias.Tienes una invitacion para pasarte por mis sitios, te espero para Peregrinar algo.Un abrazo y mucha luz,hasta pronto...

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  2. Si el miedo es como el que vive en este relato tuyo...¡quiero miedo! ¡Quiero miedo!

    Un beso! (que baja también por las escaleras)

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  3. Solo sé que el miedo paraliza, y distorsiona, enemigo de la verdad, y de lo recto.

    Así lo veo, y lo defino,

    Besos.

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  4. No se le debe tener miedo al miedo.
    El miedo es un alerta.
    Como la fiebre al cuerpo.
    Anuncian algo.
    Previenen.
    Y esta bien sentirlo.
    El miedo no es falta de valentía.
    El miedo previene a los sentidos.

    Son sabios y debemos escucharlo.
    Nos salvan muchas veces de males mayores.

    Lindo texto.

    Beso.

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  5. Vengo desde el Blog de Enrique, quiado por la luz esquisita de tu faro. Con tu permiso te sigo

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